(Opinión personal). Muy buenos días desde locura de lectura. ¿Hay alguien sobre la faz de la tierra que no haya leído Las gratitudes? Pues ya no, porque yo, que era la que quedaba, lo acabo de hacer.
Es de bien nacidos ser agradecido, y para ser exactos, de eso es de lo que trata esta novela. Porque dar las gracias, antes de que sea demasiado tarde, es primordial para los personajes de esta historia. Sobre todo para Michka, una octogenaria que acaba de ingresar en una residencia para mayores.
¿Qué sientes cuando eres consciente del desorden de tu memoria? Cuando tus palabras se esconden detrás de otras, cuando salen torcidas o cuando sabes lo que quieres decir, pero simplemente no salen. Miedo, vergüenza, rabia. Porque no solo nosotros envejecemos; el lenguaje también lo hace. Y Michka no ha dicho aún todo lo que tenía que decir. Y aunque tenga que pelearse con las sílabas, va a intentarlo porque nunca es tarde y porque sabe que, si no lo hace ahora, no lo podrá hacer después.
Escrita con una prosa sencilla y sin florituras, la novela avanza con una claridad que no necesita elevar la voz para hacerse entender. La autora no busca impresionar con el estilo, sino acompañar a la protagonista en su deterioro, algo que te llega directamente al corazón.
Primera novela que leo de Delphine de Vigan y sé con certeza que no será la última.
Y hasta aquí mi recomendación de hoy. Un día muy especial para la comunidad lectora. Y yo, feliz de haber subido hoy la reseña de una historia que sí o sí deberías leer. ¿Y tú? ¿Qué libro vas a regalar?
¡FELIZ DÍA DEL LIBRO! 💖
SINOPSIS:
«Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería. A menudo pensaba: “Le debo tanto.” O: “Sin ella, probablemente ya no estaría aquí.” Pensaba: “Es tan importante para mí.” Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? En realidad, ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?», reflexiona Marie, una de las narradoras de este libro. Su voz se alterna con la de Jérôme, que trabaja en un geriátrico y nos cuenta: «Soy logopeda. Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias. Y con el miedo a morir. Forma parte de mi oficio.»

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